Pistas para la interpretación del medio

El desconocimiento del entorno puede suponer un importante escollo para poder valorarlo en toda su extensión. Del mismo modo que al caminar por las calles de una ciudad, no sólo obtenemos información de las señales indicativas y los datos históricos de una guía, sino que percibimos el ritmo de vida y la actividad de sus habitantes, cuando hacemos senderismo por el monte penetramos en un entorno densamente poblado en el que sus habitantes, en su vida cotidiana, dejan múltiples señales que, con un poco de atención y entrenamiento, pueden revelarnos los detalles de su conducta y la riqueza ecológica del medio. Proponemos a continuación un paseo comentado que pretende servir de pequeño ejemplo introductorio a la variedad y profusión de observaciones que el senderista atento puede disfrutar en las distintas zonas naturales del municipio.

Rastros y señales: El naturalista inquieto. Nuestro camino comienza en el lindero de un pinar en la sierra de Parapanda. Observamos a nuestros pies los restos devorados de una paloma. Se nos plantea la primera incógnita: ¿Qué ha ocurrido allí? Observamos, pues, todos los indicios: El cuerpo tiene la cabeza destrozada, ya que el predador comió los sesos de la paloma; hay plumas esparcidas en torno al cuerpo, en especial plumones de la pechuga, que presenta devorados los músculos pectorales. ¿Quién ha podido ser el cazador? Podríamos pensar en un zorro, pero éste corta la base del cañón de la pluma mientras que este caso han sido arrancadas. Esto nos permite descartar a los mamíferos carnívoros. Podría tratarse de un águila, pero el pinar es muy espeso y el águila gusta de cazar en sitios abiertos. ¿Y una rapaz forestal? El gavilán ataca a pequeños pájaros, y una paloma torcaz es demasiado grande para él, con lo que nos queda un solo candidato: El azor. Esta rapaz tiene alas cortas para volar bien en la espesura, le encanta devorar los sesos de sus presas, que considera una golosina, y suele empezar a comer por los músculos de la pechuga, muy energéticos. Hemos conseguido interpretar una escena de caza.
Seguimos avanzando por el pinar y encontramos varias piñas roídas. ¿Quién será el responsable? Si nos fijamos con atención, veremos que algunas están completamente roídas, mientras que otras sólo lo han sido de modo irregular, y conservan algunas escamas. A falta de más indicios, continuamos caminando y observamos algunos montones de piñas. Unas están bajo una rama de pino, otras medio ocultas bajo la hojarasca, pero el montón más curioso es uno que contiene decenas de piñas. Este último es el más fácil de identificar, lo ha apilado un pico picapinos. ¿Cómo podemos saberlo? Con atención, podremos observar una hendidura donde el pícido fue introduciendo cada una de las piñas, que finalmente han ido cayendo al suelo, todas al mismo lugar. Incluso en alguna grieta veremos alguna piña que ha quedado encajada y no ha caído. ¿Y los otros montones? El ratón de campo es demasiado pequeño para poder agrupar piñas de este tamaño, tanto las grandes del pino carrasco como las enormes del pino resinero. Además, los ratones no suelen comer sobre los tocones, lo que nos permite suponer que ha sido una ardilla la que se dio el banquete. En efecto, sus piñas tienen las escamas peor trabajadas, de modo más descuidado, mientras que el ratón de campo comió sus piñas en el suelo, debajo de la maleza, dejándolas perfectamente roídas. Segundo misterio resuelto.


Atravesamos el pinar y llegamos a una pequeña huerta con frutales y una alberca. ¿Quiénes serán los habitantes naturales de este paraje? Si nos fijamos en los últimos pinos del lindero, podemos observar un desgaste a baja altura en la corteza, donde han quedado algunos pelos gruesos y negros. Un jabalí se ha frotado contra ellos, hozando en busca de trufas, bulbos y tubérculos y después se ha revolcado en un pequeño charco junto a la alberca.
Pasamos junto a un cerezo cargado de fruta y observamos en el suelo los huesos de cerezas que muestran que distintos animales se han alimentado aquí. Algunos tienen unos agujeros redondos, roídos por ratones y topillos, mientras que otros están partidos en dos mitades exactas, una al lado de la otra, obra del pico gordo. En la huerta hay nabos que el agricultor sembró para el ganado, y algunos de ellos muestran grandes mordiscos en derredor. Muy posiblemente fueron liebres las responsables.
Mientras bebemos agua de la fuente de Ramos, observamos la fauna que habita en las frías aguas de su pequeña alberca. Vemos a los zapateros deslizarse por la superficie en una orilla donde emergen algunas plantas, y de vez en cuando suben a respirar los garapitos o avispas de agua, que bajo sus élitros atrapan una pequeña burbuja que los hace parecer de plata. Adheridas a la pared de la alberca, encontramos orondas larvas de libélula deprimida (Libellula depressa), con el abdomen aplanado y de gran tamaño. En el fondo nadan unos escarabajos de aspecto cómico, que parecen mariquitas que hubiesen caído al agua, se trata de ditiscos (Dytiscus marginalis). Unos renacuajos suben a respirar, pero ¿a qué especie de anuro pertenecen? El agua es fría, por lo que descartamos al sapo corredor, que necesita temperaturas más altas. La alberca es profunda, por lo que no es probable que sean sapillos pintojos ni moteados, que prefieren aguas más someras. Tanto la rana común como el sapo de espuelas prefieren aguas templadas y más estacandas. Por ello, teniendo en cuenta que estamos en Granada, podemos inferir que se trata del sapo partero bético (Alytes dickhilleni). En efecto, si observamos el comienzo de la cola podremos ver un dibujo en uve invertida, característico de esta especie. En las noches de primavera es fácil oír el monótono canto de los machos: Un ‘up – up’ parecido al del autillo.

Así, en cualquier punto de nuestro recorrido podemos descubrir pistas y elementos que, con un poco de atención por nuestra parte, nos revelan la vida del mundo natural en el que nos adentramos: En el escaramujo podemos ver unas agallas producidas por unas pequeñas avispas. Encima de un cardo, para dispersar mejor el olor, encontramos los excrementos grises y retorcidos de un zorro, con los que éste da a conocer sus dominios. En las alturas de la sierra vemos varias bolas blancuzcas de unos cuatro centímetros de diámetro, formadas de pelo y plumas envolviendo cráneos y huesecillos de animales: Son egagrópilas de búho real con los restos indigeribles de su comida. En nuestro camino de regreso localizamos un nido de ratones saqueado por un zorro, del que sólo quedan los ovillos de pelo que tapizaban el cubil. En una piedra, varias conchas de caracol nos muestran que el zorzal se dio un banquete, y en las inmediaciones observamos gran cantidad de letrinas de conejo.
En cada nueva salida, la experiencia acumulada y los nuevos descubrimientos nos harán unos mejores intérpretes del terreno y sus habitantes, y podremos disfrutar de nuestro paseo con la satisfacción de sabernos cómplices y testigos de la vida natural de un medio vivo.